—¡No! —consiguió articular Gab, con la voz ronca a medida que la hoja plateada se hundía más en su cuello—. ¡No lo escuchen!
La sangre fresca goteaba de la cortada, pero él no dejaba de forcejear.
—¡Prefiero morir aquí que dejar que ese monstruo viva para lastimar a alguien más!
Las lágrimas llenaron sus ojos, mezclándose con la tierra y la sangre de su rostro. Incluso con la muerte mirándolo de frente, se negaba a rendirse.
—¡Suéltalo! —lloró mamá, con la voz quebrada po