–No puedo creer que vamos a quedarnos aquí parados– refunfuñó Alexander allí en la habitación del hotel.
–Si invadimos ahora, Melissa y mi hijo pueden salir heridos, y ahora que mi padre sabe que estoy en posesión del proyecto y de la última pieza, seguro que no me dejará ir tan fácilmente– dijo Gregorio sentado en la cama, mientras un enfermero limpiaba sus heridas.
–¿Entonces vamos a agachar la cabeza ante ellos?– volvió a preguntar el más joven de los tres.
Dominic, que estaba sentado en un