Manos grandes y pegajosas, carcajadas escalofriantes, miradas lascivas… y ella encogida, sentada en el suelo desnuda, con todos aquellos hombres mirándola, todos queriendo tocarla.
Melissa abrió los ojos de repente y se encontró con un techo blanco desconocido. Escuchaba un beep acelerado mientras no conseguía mover su cuerpo adolorido.
Gregorio, que sostenía la mano de Melissa con firmeza y la cabeza baja, levantó la cabeza al oír cómo el monitor de los latidos cardíacos se aceleraba pitando m