El hombre gimió y sus músculos se contrajeron al tacto de ella.
Valentina miró con desaprobación a Sebastiano y deliberadamente tocó la herida con el hisopo.
–¡Au!– se quejó Sebastiano, sonriendo.
–Esto es por haberte negado a ir al hospital. ¿Crees que soy tu enfermera?– preguntó, guardando los materiales en la caja de primeros auxilios en el sofá del apartamento de Sebastiano donde estaban.
Sebastiano sonrió, más despreocupado. –Sin duda, estoy mucho mejor siendo atendido por ti que por cualq