—Vamos, atiende. La madre de tu hijo está llamando, debe de estar necesitando de ti, quizá tenga algún antojo. Ve a atenderlos, papá—.
Erick apretó el celular y enseguida se alejó para contestar.
Serena lo miró y soltó una risa frágil y soplada, no por dolor ni decepción, sino por el hecho de que él era tan predecible.
Serena tomó otra dirección del pasillo y salió del apartamento.
Al llegar afuera del edificio, se encontró con el hombre de traje negro, abierto en la parte superior, dejando a l