La habitación estaba en silencio, excepto por el sonido constante y rítmico del monitor cardíaco. La luz del atardecer atravesaba las persianas entrecerradas, proyectando franjas doradas sobre la cama blanca donde River llevaba dos días tendido, inmóvil. Lyra estaba sentada a su lado desde la primera noche, no comía bien, no dormía, apenas salía para darse una ducha.
Sostenía su mano con firmeza, como si ese contacto bastara para mantenerlo anclado al mundo de los vivos.
Cada hora entraba un mé