Capítulo 38

Comenzaba a atardecer y el cielo empezaba a teñirse de un naranja precioso, digno del cuadro más bello. La temperatura era ideal y, a pesar del viento que soplaba fuera y que entraba silbando por las ventanas, para Catella era un día perfecto. Pasaba la plancha humeante sobre las camisas con tranquilidad mientras tarareaba una canción alegre que había escuchado por ahí.

-Tella, calla un momento- pidió con gravedad Zcela, la anciana que iba y venía, guardando las camisas ya listas o am

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