DAKOTA
Descubrieron mi rostro, cerré los ojos con fuerza, pues el brillo de una luz me cegó.
—Bienvenida al club, mi querida paloma—la voz burlesca de Pearce me sobre saltó, abrí los ojos poco a poco.
Estaba en una sala de lujo, una chimenea encendida en donde repiqueteaban los leños flameantes. La única persona conmigo era Pearce.
—¿Por qué me trajiste aquí?
—Ah, ahora hablas—bebía algo—, todo el camino no dijiste ni una palabra.
—Responde, ¿Por qué estoy aquí?
Bebió todo el contenido y dejó e