EROS
—Mamá, traje un té de salvia—toqué la puerta de su habitación con mi bastón.
Escuché sus pasos, me abrió la puerta.
—Hay, tu siempre tan considerado.
—Perdóname por haberte orillado a hablar de ello—aunque en el fondo no lo lamentaba.
—Oh, sabes, conozco a mis cuernos mejor que nadie—se rio de mi—, eres resbaloso y manipulador—me pellizcó la mejilla—, pero agradezco tu buen gesto, eres todo un caballero.
—¿Sabías que te preguntaría eso?
Ella soltó un suspiro.
—Sabía que algún día ustedes s