[Adriana]
—Tengo que irme a Madrid. Tengo que encontrar mi propio norte.
Mis palabras cayeron en la habitación del penthouse con el peso de una guillotina. El eco de mi propia voz me destrozó la garganta, pero una vez que la verdad salió a la luz, ya no había forma de retroceder.
Alan se quedó petrificado, con su teléfono móvil aún a medio levantar.
Durante un par de segundos, el hombre más poderoso de Roma pareció olvidar cómo respirar. La iluminación ámbar de la habitación delineó el terror p