Gaia
La luz del sol se cuela por las cortinas y atraviesa mis párpados, que se reúsan a abrirse. Escucho el leve sonido de los pájaros... solo eso. Todo lo demás se encuentra en un silencio deprimente. No quiero despertar, así que me quedo así por varios minutos, sintiendo cómo mi cuerpo palpita con un leve dolor que ahora parece una sombra de lo que fue.
Escucho que la puerta se abre. Unos pasos resuenan en el piso; por el peso, deben ser al menos tres personas.
— ¿Cómo sigue? — escucho la voz de la señora Mirla.
— Su cuerpo ha sanado demasiado rápido, estoy realmente impresionado —afirmó el sanador—. La hemorragia cedió hace un par de horas. Solo debemos esperar a que despierte.
— ¿Y eso cuándo será? — la voz de mi madre suena quebrada, cargada de una preocupación que me oprime el corazón.
Al escucharla, las imágenes de lo que viví, los cuerpos mutilados y la mirada perdida de Conan me golpearon, regresándome a la realidad.
— Ma