La oficina de Stephano olía a poder y cuero caro cuando Danna entró sosteniendo el ramo de rosas como escudo. Él ya la esperaba con dos copas de champagne sobre el escritorio de caoba, los papeles del contrato dispuestos entre ellas como promesas tangibles.
—Adelante, cara mia. —Stephano señaló el sofá italiano frente a su escritorio—. Hoy cambiamos tu vida.
Danna se sentó rígida, hiperconsciente de cómo el vestido azul marino se ajustaba a sus muslos. Stephano tomó asiento junto a ella, cerca p