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La noche había caído sobre la ciudad como un manto de terciopelo oscuro cuando Sebastián detuvo el automóvil a dos cuadras del edificio. Apagó el motor y permaneció inmóvil durante varios segundos, con las manos aún sobre el volante, mientras observaba las luces distantes que parpadeaban en las ventanas del rascacielos. Cada músculo de su cuerpo estaba tenso, preparado para lo que vendría.

—¿Estás

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