La luz grisácea del amanecer se filtraba por las cortinas del apartamento de Nerea cuando Danna abrió los ojos. Cada músculo de su cuerpo protestaba—hombro dislocado palpitando, corte en cuello ardiendo, moretones floreciendo como flores venenosas en su piel.
Nerea estaba sentada en silla junto al sofá, taza de café en manos, ojeras profundas marcando su rostro.
—Llevas despierta toda la noche. —La voz de Danna salió ronca.
—Alguien tenía que vigilar que no murieras en tu sueño. —Nerea bebió su