30. Hay grietas entre nosotros
A la mañana siguiente, el sol entraba por las cortinas de la mansión Volkov con una suavidad que debía ser exquisita, aunque para Alessia no significaba nada.
Había dormido poco y mal. La conversación con Vladimir la había dejado con un sabor amargo, como si cada palabra pronunciada anoche siguiera flotando en el ambiente, negándose a desaparecer.
Mientras se vestía frente al espejo, notó algo en sus ojos que antes no estaba: una quietud extraña, como una calma después del desastre. No era paz. Era resignación mezclada con lucidez.
Ese tipo de lucidez que solo llega después de que alguien rompe algo que no se puede reparar. Un vacío se había instalado en su pecho desde entonces, le costaba admitir lo obvio: amaba a ese desgraciado desalmado.
Recogió su cabello, tomó su bolso y bajó las escaleras. La mansión estaba silenciosa. Algunos guardias conversaban afuera, el personal de servicio limpiaba los salones, pero Vladimir no estaba a la vista. Mejor así. No tenía fuerzas para otra c