Amelia.
Eran las ocho de la noche, pero para mí era como la una de la mañana en medio del desespero, la incertidumbre, y el nudo de nervios que tenía en mi estómago.
Mi uña estaba acabada, y no dejaba de dar vueltas en mi habitación, mirando el teléfono, para ver si Emily enviaba una señal.
Así que volví a escribir.
“¿Nada?”
Pero en medio del mensaje, recibí una llamada de Edric, que me volvió el corazón añicos.
Esperé al menos tres tonos, y tomé el aliento.
—Hola…
—Amelia… —pasé el trago.
—Di