La Voz Primera llegó a la hacienda a las diez de la mañana del jueves.
No en coche particular, no en la furgoneta del pueblo. A pie, por el camino de piedra que baja desde el bosque, sin equipaje visible, con el paso de alguien que no ha medido distancias en términos de cansancio desde hace mucho tiempo.
Perla la vio venir desde la ventana de la cocina.
Vino a buscarme sin decir nada. Solo puso la mano en el marco de la puerta de mi habitación y cuando levanté los ojos de los documentos, señaló