Dante no llamó a la puerta.
Estaba de pie en el umbral cuando levanté la vista de los papeles, con los brazos cruzados y la expresión de quien ya decidió algo y solo está esperando el momento de ejecutarlo.
—Necesito mostrarte algo —dijo.
No ¿tienes un minuto? No si no estás ocupada. Solo eso.
—¿Ahora?
—Sí.
Lo seguí hasta la biblioteca del ala este.
No la sala de archivos donde Luciano trabajaba sino la que huele a papel viejo y tiene las ventanas selladas porque la luz del sol daña los textos