Rosario entró en la sala de control. Sus ojos se fijaron en Roman, que paseaba de un lado a otro con el rostro torcido en una mueca de enfado.
—¿Por qué los dejaste ir? Podrías haberlos matado de una vez por todas. ¿Por qué, papá? —preguntó Roman, con la rabia palpable en la voz.
Rosario se apoyó en el panel de control, con un dejo de diversión en el rostro.
—¿Por qué estás tan alterado, Roman? Pensé que te gustaba la chica. Incluso planeaste secuestrarla en una ocasión —dijo con una sonrisa