Ariella
Mi madre me atrapó con la mirada mientras repasaba la habitación.
—No esperaba compañía —dijo un poco rápido—. Solo estaba... limpiando.
Asentí, fingiendo creerle.
—Por supuesto.
Afortunadamente, Leon no notó absolutamente nada.
—¡Abuela! —gritó, corriendo ya hacia la sala—. ¡Mira! Te traje tus flores.
La expresión entera de mi madre se suavizó.
—Oh, cariño...
Aceptó las flores como si fueran el regalo más valioso que jamás hubiera recibido.
—Son hermosas.
—Las corté yo mismo.