Alan me había llevado a casa la noche anterior. Regresamos a salvo.
En la puerta principal, me besó la frente. Suave, casi como un susurro, y esperó hasta que entré antes de darse la vuelta hacia su casa.
María seguía despierta, tal como había dicho que estaría. No pronunció una sola palabra cuando me vio. Solo cerró la puerta detrás de mí, en silencio, y comenzó a subir las escaleras.
Pensé en llamarla. Pero la verdad era que no tenía nada que decir. Nada que tuviera sentido. Nada que cambia