Sentí que un cálido rubor trepaba por mi rostro.
—¿Vas a… vas a ir a trabajar así? —pregunté, intentando sonar casual, pero fallando miserablemente.
Él se miró a sí mismo, la camiseta blanca y los pantalones de chándal grises, y se encogió de hombros.
—Esto es lo que llevo puesto.
Me mordí el labio, sonriendo con picardía.
—Bueno, vas a dejar a muchas mujeres sin palabras.
Sus ojos destellaron mientras me miraba.
—¿Tú estás sin palabras? Porque no dejas de hablar.
Él se rió, de manera du