CAPÍTULO XXIV UNA REINA NUNCA SE ARRODILLA.
La cena estaba servida.
Velas blancas, copas de cristal finamente tallado, un centro de mesa compuesto por lirios negros —los favoritos de Silvia— y una iluminación tenue que suavizaba las sombras, pero no la tensión. El restaurante entero había sido cerrado por orden directa de la familia Bovari. Esa noche, solo dos mujeres estarían sentadas frente a frente.
Una, queriendo dominar.
La otra, fingiendo que no lo haría primero.
Isabella D’Amore.
El nombre falso con el que Rebecca Di Bianco se hab