El ruido en el tejado no era una casualidad. Andros lo supo desde el primer segundo. Se deslizó por la habitación en silencio, se colocó junto a la pared, con el arma desenfundada. El latido de su corazón era lento, entrenado. Beatrice y Alessandra dormían, ajenas al filo que se deslizaba por el cielo raso de su inocencia.
Una sombra cayó al otro lado de la ventana, y luego otra. Andros contó tres figuras. Equipos negros. Sin insignias. Pero no eran ladrones. Eran profesionales. Entraban sin fo