Elena perdió el equilibrio y cayó por los escalones. Se golpeó con fuerza los brazos y las piernas, y la sangre tibia que empezó a salirle de la frente le nubló la vista. En la parte superior, sus hijos la miraban, sonriendo con malicia. Charlotte aplaudió emocionada; Benjamin, por su parte, le hizo una mueca.
—¡Te lo mereces! —gritó él.
—¡Eso te pasa por no darnos pastel! —secundó ella.
Elena trató de levantarse. La sangre que goteaba al suelo desde su barbilla y su brazo, cortados por los vidrios rotos, se lo impidió. No lograba reconocer en esos dos niños a los bebés por los que había estado a punto de morir en la sala de partos.
En ese mismo instante, abrieron la puerta principal.
—¿Qué pasó aquí?
La voz grave de Lucas resonó en el recibidor. Sabrina iba detrás de él; ambos se paralizaron ante la escena. Al instante, los niños cambiaron de expresión y corrieron hacia él llorando.
—¡Papá! ¡Mamá tiró el pastel a la basura y no nos dejó comerlo! ¡Y dijo que ya no nos quiere!
Lucas miró a Elena, quien estaba cubierta de sangre, y frunció el ceño.
—¡¿Por qué tienes que hacerles la vida imposible?! —preguntó con dureza—. ¿Cómo pudiste decirles algo así a tus propios hijos? ¡No mereces ser madre!
Elena apoyó las manos en la pared y se levantó despacio. La sangre le manchaba el cuello de la blusa. Miró a quien había sido su esposo y se echó a reír.
—Y según tú, ¿cuándo he merecido algo? ¡¿Acaso no me has tratado siempre como una simple incubadora?! —preguntó con la voz ronca. Luego, se limpió la sangre del rostro y continuó—: Si tanto amas a Sabrina y mis hijos quieren que ella sea su madre, ¡perfecto! Les dejo el camino libre para que formen la familia que quieren.
Lucas entrecerró ligeramente los ojos. El ambiente pareció congelarse mientras él se la quedaba mirando con una expresión severa, como si apenas estuviera descubriendo quién era ella.
—Elena, no olvides que nuestro matrimonio fue un acuerdo entre las familias Fischer y Jennings. Nunca te he querido. ¿Qué esperas exactamente que te dé? ¿Amor? —Soltó una risa corta y sin humor—. Lo siento, no puedo dártelo.
Al escucharlo, volvió a reírse mientras las lágrimas le rodaban por las mejillas. Tenía razón. Había sido bastante ilusa al pensar que podía ganarse su amor. Él había sido tierno una vez, pero no con ella. Debió haberlo sabido.
—Lucas, ya basta —intervino Sabrina con dulzura, tomándolo del brazo—. Los niños están asustados. Llevémoslos arriba primero.
Lucas miró a Elena durante un momento. Después, se dio media vuelta, tomó a un niño en cada brazo y se fue junto a Sabrina. Elena los vio alejarse, aún con la sangre goteando sobre el suelo. Jamás se había arrepentido tanto como en ese instante; deseó no haberse casado con ese hombre ni haber dado a luz a esos niños. Por eso, en esta vida, no repetiría el mismo error. De ahora en adelante, viviría solo para sí misma.
***
Tres días después, fue el cumpleaños de Benjamin. La fiesta se celebró en el hotel más lujoso del centro, donde los candelabros de cristal iluminaban el techo con destellos brillantes y una enorme pirámide de copas de champaña resplandecía en el centro del salón.
Elena se quedó en un rincón, viendo en silencio cómo Benjamin y Charlotte tomaban a Sabrina de las manos, uno a cada lado. Estaban tan alegres que parecían pajaritos revoloteando a su alrededor. No se despegaron de ella en toda la noche, dejando a Elena sola a propósito.
No muy lejos de ahí, con una copa de champaña entre los dedos, Lucas miraba de vez en cuando hacia Sabrina con una ternura que jamás le había dirigido a Elena.
—El señor Fischer es muy dedicado. A pesar de tantos años, solo tiene ojos para la señorita Miller.
—Claro. Hasta los niños se parecen a él. Solo tienen ojos para Sabrina.