Las cosas se habían calmado en el taller. Elena seguía moldeando la arcilla con movimientos mecánicos, aunque la presión que ejercía le blanqueaba los nudillos. Calliope, sentada a su lado, la miraba de vez en cuando con preocupación.
—¿En serio estás bien? —preguntó con cuidado después de un momento—. No te ves muy feliz.
Elena dejó las manos quietas un segundo, obligándose a sonreír.
—Estoy bien. No te preocupes; concéntrate en tu tazón.
—¿Quieres descansar un momento? —preguntó Caspian, dejan