Capítulo 5
Le dolió el corazón. Elena se llevó la mano al pecho y se quedó inmóvil un largo rato, tratando de calmarse mientras las lágrimas seguían cayendo. En ese preciso instante, comenzó a sonar su teléfono. Era la aerolínea para confirmar los detalles de su reserva.

—Señora Jennings, ya hemos emitido su boleto de ida a Yewton. ¿Desea seleccionar un asiento?

—Junto a la ventana, por favor. Gracias —respondió, limpiándose las lágrimas antes de que su voz la traicionara.

Apenas colgó, abrieron la puerta de la habitación del hospital. Lucas entró tan tranquilo como siempre; erguido, con el traje impecable y los puños de sus mangas perfectamente alineados.

—¿Con quién hablabas? —preguntó con indiferencia.

—Con una amiga —respondió ella, guardando el aparato.

Él no insistió. Se quedó al pie de la cama, mirándola desde arriba.

—Hubo un pequeño malentendido la vez pasada. Fue Sabrina quien les dio el jugo de mango a los niños. —Mantuvo un tono neutral, como si el asunto fuera insignificante—. Pero ella no sabía que eran alérgicos. Dejémoslo así.

A Elena se le hizo un nudo en la garganta; el dolor casi la dejó sin aliento. Cuando creyó que ella lo había hecho, quiso matarla; pero cuando resultó ser Sabrina, se convirtió en un lamentable accidente. Abrió los labios. Quería reclamar, gritar y desahogarse de una vez por todas, exponiendo cada humillación y el resentimiento que se había guardado por tanto tiempo. Sin embargo, al final, todo lo que logró pronunciar fue un simple «está bien».

Elena se sentía exhausta, como si hubiera perdido todas sus fuerzas; estaba tan agotada que ya no tenía ganas de discutir. Las humillaciones que antes no la dejaban dormir y el rencor que se había acumulado día con día se desvanecieron en una leve sonrisa de burla hacia sí misma. Acababa de descubrir que la línea entre el amor y la indiferencia era sumamente delgada y fácil de cruzar.

Lucas pareció un poco sorprendido por su reacción.

—Los niños se van de campamento de verano la próxima semana —dijo luego de una breve pausa—. Sabrina y yo iremos con ellos. Puedes regresar a casa sola.

Esperaba que suplicara, llorara o hiciera un escándalo, como siempre; en cambio, Elena se limitó a asentir.

—Lo que digas.

Él frunció el ceño, desconcertado por esa reacción inusual, pero en ese momento sonó su teléfono. Miró la pantalla y dijo:

—Pasó algo en la oficina. Tengo que irme.

En cuanto la puerta se cerró tras él, Elena por fin aflojó el puño; la piel se le había roto por la presión de las uñas.

***

Durante los días siguientes, el teléfono de Elena no dejó de sonar. Cada notificación venía de Sabrina; eran una gran cantidad de fotos y videos de momentos alegres del campamento de verano. En uno de ellos, Benjamin y Charlotte la presentaban muy orgullosos a sus compañeros de clase.

—¡Ella es nuestra mamá! —mintieron.

Los otros niños se quedaron boquiabiertos de envidia.

—¡Guau, su mamá es muy bonita! —exclamaron.

—Su papá es guapo y su mamá es hermosa. ¡Tienen mucha suerte!

Sin embargo, un niño curioso les preguntó quién era la señora que iba a recogerlos siempre a la escuela. Las expresiones de Benjamin y Charlotte se tensaron por un segundo.

—Ah, esa es… nuestra niñera.

A Elena le tembló la mano; el vaso que sostenía se le resbaló de los dedos y se hizo añicos contra el suelo. Se agachó para recoger los pedazos, pero se quedó mirándolos y se echó a reír. Después de tantos años, para ellos no había sido más que una niñera. Ya no importaba, porque esa niñera renunciaría muy pronto. A partir de ese instante, su adorada «mamá» podría cuidarlos como tanto deseaban.

***

Una semana después, Martha llevó a Benjamin y a Charlotte de regreso a la mansión. En cuanto entraron, corrieron directo a la cocina, incapaces de ocultar la cara de satisfacción.

—¡Mamá! —gritó Charlotte con su voz chillona—. ¿Sabías que la señorita Miller se torció el tobillo en el día de deportes en familia? ¡Mi papá estaba muy preocupado por ella!

—¡Sí! Papá cerró un hospital entero y canceló todas sus juntas —la secundó Benjamin de inmediato—. ¡Se quedó con ella todo el tiempo!

Elena, frente al horno, escuchaba cómo presumían mientras se ponía los guantes de cocina.

—Mamá, ¿me estás oyendo? —Charlotte zapateó, furiosa—. Mi papá trata superbién a la señorita Miller, mucho mejor de lo que…

El temporizador del horno sonó, interrumpiéndola. El dulce aroma a pastel llenó la cocina y a los niños se les iluminaron los ojos. Se acercaron corriendo; Benjamin hasta se puso de puntillas.

—¡Es pastel! ¡Yo quiero!

Elena sacó la bandeja. Como los bordes del pastel estaban un poco quemados, frunció el ceño y luego lo tiró a la basura.

—¡¿Por qué lo botas?! —chilló Charlotte.

—Está quemado; no se lo pueden comer —respondió Elena con calma.

—¡Mentira! —Benjamin pateó el bote de basura con rabia—. ¡Lo hiciste a propósito! ¡Sigues enojada por lo de la otra vez y por eso no quieres que comamos! ¡Eres la peor mamá del mundo!

—¡No queremos una mamá como tú! —gritó Charlotte, con el rostro rojo.

Despacio, Elena se quitó los guantes de cocina, con el corazón destrozado. Miró a los niños por los que casi había muerto al traerlos al mundo y, por primera vez, le parecieron unos extraños.

—Qué bien —contestó suavemente—. Yo tampoco quiero hijos como ustedes. Pueden irse corriendo con Sabrina si quieren, no me importa.

Luego, se dio media vuelta y salió de la cocina. Pasado un momento, llegó a las escaleras que conducían a las habitaciones de la planta alta. No se había dado cuenta de que los niños la habían seguido hasta que los oyó detrás de ella, gritándole cuánto la odiaban y cómo lo harían para siempre. Elena vaciló un segundo, pero no miró atrás. Sin embargo, apenas pisó el tercer escalón, la empujaron por la espalda.

—¡Muérete ya!

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