Tras la firma de los papeles de divorcio, Elena dejó de encargarse del hogar. Ya no se levantaba a las cinco de la mañana para preparar el desayuno de los niños ni trasnochaba esperando que Lucas regresara de sus cenas de negocios para prepararle algo para la resaca. Todo lo que antes consideraba su responsabilidad ahora recaía en las empleadas domésticas. Al principio, nadie lo notó, pero luego, a Benjamin lo regañaron por llegar tarde a la escuela, Charlotte no pudo encontrar su tarea y el reloj de bolsillo de Lucas dejó de funcionar.
Las empleadas hacían lo imposible para cumplir con sus obligaciones; aun así, nada alcanzaba el nivel que Elena solía mantener. Los platos se amontonaban en el fregadero, los juguetes desordenaban la sala y las camisas planchadas nunca quedaban del todo bien. La casa, que antes siempre había estado ordenada, fue sumiéndose poco a poco en el caos.
Cuando Lucas abrió la puerta del dormitorio, Elena estaba recostada junto a la ventana, leyendo. La luz del sol se filtraba entre las cortinas y proyectaba sombras tenues sobre ella.
—¿Hasta cuándo vas a seguir así? —preguntó Lucas en voz baja desde el umbral.
Ella cerró el libro y lo miró.
—No estoy haciendo nada.
—¿Entonces por qué dejaste de encargarte de la casa? —Se acercó un poco más, aún impregnado de un leve aroma a ámbar gris—. ¿Sigues molesta por lo que pasó?
Elena dejó el libro a un lado.
—No estoy molesta; es que ya no quiero hacerlo. Eso es todo.
Lucas entrecerró los ojos, dando golpecitos con sus delgados dedos sobre el escritorio.
—¿Por qué?
—Estoy cansada —respondió con calma—. Tenemos bastantes empleadas; no tengo por qué hacer todo.
Recordó cómo, en su vida anterior, se levantaba cada día antes del amanecer. Tenía que calentar el café de Lucas hasta alcanzar exactamente los ochenta y cinco grados centígrados y dejar su sándwich perfectamente tostado. Como si fuera poco, lavaba a mano la ropa de los niños e incluso planchaba sus calcetines. A cambio, solo vio cómo Lucas le demostraba su afecto a Sabrina, cómo sus hijos se encariñaban con ella y cómo su propia vida terminaba en una muerte solitaria, olvidada por todos, a los sesenta y dos años.
—Elena, si estás enojada, dilo —espetó Lucas con frialdad—. No te comportes como una niña malcriada.
Ella esbozó una leve sonrisa.
—No estoy enojada; solo quiero descansar.
Antes de que él pudiera responder, la puerta se abrió de golpe. Benjamin y Charlotte entraron corriendo, con sus pequeños rostros furiosos.
—¡Mamá, eres una floja! —gritó su hija—. ¡Queremos que la señorita Miller nos cuide!
—¡La señorita Miller es más buena que tú, más trabajadora y mejor que tú en todo! —agregó el niño.
Lucas no apartó la mirada de Elena, como si esperara que cediera. Sin embargo, ella respiró hondo y dijo:
—Si creen que ella es mejor, entonces invítenla a quedarse. No me importa.
El ambiente se volvió tenso. La expresión de Lucas se endureció.
—¿Estás segura? —preguntó entre dientes, apenas conteniendo la furia.
Elena volvió a tomar aire.
—Estoy segura.
Charlotte le tiró de la manga.
—¡Papá, apúrate! ¡Quiero que la señorita Miller venga ya!
—Cuando ella venga, ya no te vamos a necesitar —dijo Benjamin, haciéndole una mueca a su madre—. ¡Ya te puedes ir!
Lucas miró a Elena por última vez. Como ella no se retractaba, dio media vuelta y salió con los niños.
Elena se quedó ahí, escuchando cómo disminuía el ruido del motor, y cerró los ojos. Muy pronto les daría exactamente lo que querían. Los abandonaría y se marcharía de aquella casa para siempre.