Capítulo 3
El primer día que Sabrina se mudó, comenzó a darle órdenes a las empleadas para reorganizar la sala.

—Este sofá es demasiado oscuro —comentó con desdén, pasando sus delgados dedos por el cuero antes de volverse hacia Lucas con una suave sonrisa—. ¿Por qué no lo cambiamos por uno color crema?

Él ni siquiera pestañeó. Se limitó a ordenarle a Martha Yates, el ama de llaves:

—Haz lo que ella diga.

Elena se detuvo a mitad de la escalera y observó cómo los trabajadores se llevaban el sillón que con tanto cuidado había elegido hacía apenas seis meses. Mientras tanto, Benjamin y Charlotte seguían a Sabrina, señalando todo emocionados.

—¡Señorita Miller, también deberían tirar ese cojín! Lo escogió mamá. ¡Es horrible!

Ella les despeinó el cabello con ternura.

—Está bien, lo cambiaremos.

Elena apretó las manos un segundo antes de relajarlas de nuevo. Ella misma había cosido la funda de aquel cojín a mano durante su embarazo y lo había rellenado con material hipoalergénico porque la piel de los niños era muy sensible cuando eran pequeños. Ahora, lo estaban tirando a la basura como si nada.

Durante los días siguientes, la casa se volvió cada vez más ajena. En el comedor, Sabrina ocupaba el asiento que antes había sido de Elena y les servía comida a los niños con delicadeza. De vez en cuando, el propio Lucas le preparaba una taza de café y se la acercaba mientras la miraba con una dulzura que Elena jamás había visto dirigida hacia ella. Por las noches, los cuatro se amontonaban en el sofá bajo las luces tenues de la sala para ver películas: Charlotte se acurrucaba en los brazos de Sabrina, mientras Benjamin se apoyaba en el hombro de Lucas. Sus risas resonaban por toda la casa.

Cuando Elena pasaba cerca, ni siquiera alzaban la vista. Era como si no existiera. Lo más absurdo era que Lucas y sus hijos, que siempre habían sido extremadamente exigentes con su estilo de vida, ahora parecían no darle importancia. Si Sabrina arrojaba el Patek Philippe de Lucas, que valía millones de dólares, boca abajo sobre la mesa de centro, él lo recogía con total paciencia. Los niños se iban a la escuela con los uniformes arrugados y los cuellos aún manchados de salsa, porque Sabrina los había metido directamente a la lavadora. Es más, cuando les servía comida comprada asegurando que la había cocinado ella misma, nadie decía nada. Prácticamente la adoraban.

—Sabrina, no toques eso —dijo Lucas, cuando ella intentó agarrar la cafetera, sujetándole la muñeca con suavidad—. Tus manos solo están hechas para tocar el piano.

—Señorita Miller, yo le llevo la cartera —se ofreció Benjamin con entusiasmo, tomando la pieza de edición limitada con una sonrisa que jamás le había dedicado a Elena.

—Señorita Miller, usted solo concéntrese en descansar —dijo Martha con respeto, ofreciéndole un par de pantuflas hechas a mano provenientes de Ilyria—. Nosotros nos encargaremos de todo lo demás.

Era irónico. Elena había sido como una niñera en esa casa durante seis años y nadie lo notó. En cambio, Sabrina apenas acababa de llegar y ya la trataban como a una reina.

Una vez, mientras pasaba, oyó al personal doméstico murmurando:

—El señor Fischer es tan atento con la señorita Miller. Jamás trató así a su esposa.

—Hasta los niños están pegados a ella. Muy pronto habrá una nueva señora en esta casa.

A Elena ya no le importaba, sin embargo. Por eso, ordenó sus pertenencias sin decir una palabra ni hacer preguntas.

Esa tarde, su teléfono no dejaba de vibrar.

—¡Señora! Los niños tuvieron una reacción alérgica en la escuela. ¡Se los llevaron al hospital en ambulancia!

Para cuando Elena llegó al hospital, ya los habían ingresado en emergencias. Lucas esperaba en el pasillo, con el saco del traje sobre el brazo, la corbata floja y una expresión de furia que apenas disimulaba.

—¡Elena Jennings! —exclamó con voz grave, llena de rabia—. ¿En qué estabas pensando exactamente?

Ella se quedó paralizada, sin comprender.

—¿De qué estás hablando?

—Son alérgicos al mango. ¿Que no lo sabes? —Se acercó un paso más, intimidándola con su imponente estatura—. ¿Por qué dejaste que tomaran jugo de mango?

Ella lo miró a los ojos.

—¡No fui yo! Jamás traería mango a la casa.

Desde la primera vez que los niños terminaron hospitalizados por comerlo, Elena había sido extremadamente cuidadosa. Les recordaba esa alergia a todos constantemente, incluso revisaba ella misma el menú de la cafetería escolar. Jamás habría cometido ese error.

Lucas soltó una risa gélida.

—¿Quién más lo habría hecho si no fuiste tú? ¿La empleada? ¡¿O los niños decidieron envenenarse solos?!

Ella separó los labios para responder, pero la puerta se abrió y salió una enfermera.

—Ya se despertaron.

Benjamin y Charlotte estaban acostados en las camas de la habitación del hospital, con los rostros pálidos. Al ver entrar a Elena y a Lucas, sus miradas vacilaron.

—¿Qué pasó? —preguntó su padre en voz baja.

Los niños intercambiaron una mirada y señalaron a Elena al mismo tiempo.

—¡Fue mamá! ¡Había mango en el postre que compró!

Elena se quedó rígida, mirándolos con incredulidad.

—¿Qué acaban de decir?

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