Sabrina Miller se quedó mirando a Elena Jennings, atónita. Le costaba creer que la mujer que había portado el título de señora Fischer durante seis años de repente decidiera quitarse de su camino.
—Como todos te prefieren a ti, te lo pondré fácil —añadió Elena con tono plano—. Solo haz que Lucas firme los papeles. En cuanto se formalice el divorcio, me iré.
Esta vez no repetiría el mismo error. Tampoco seguiría siendo la esposa a la que todos ignoraban.
Sabrina recorrió el borde de su taza con la yema del dedo a la vez que fruncía el ceño.
—¿Qué pretendes exactamente?
Elena se quedó en silencio un instante, analizando las expresiones de Sabrina; cada una revelaba el cambio de sus emociones.
—Nada. Simplemente me cansé.
—¿Tienes idea de cuántas mujeres desearían estar en tu lugar?
Elena la miró sin pestañear.
—Sí, por eso mismo, te lo doy a ti.
La expresión de Sabrina vaciló. Estudió el contrato durante un momento antes de por fin estirar la mano para tomarlo.
—Bueno, si me lo estás regalando, no me voy a negar. Pero no olvides que, cuando algo pasa a ser mío, no lo devuelvo.
—No te preocupes —contestó Elena con una pequeña sonrisa—. No me voy a arrepentir.
De todas formas, ya había tenido toda una vida para aprender lo que significaba estar completamente sola.
Sabrina se levantó y se cambió a otra mesa de la cafetería. Tomó su teléfono y tocó la pantalla. En cuanto le contestaron, suavizó el tono de voz:
—Lucas, estoy en el Café Azure. ¿Puedes venir a buscarme?
Elena se quedó sentada en su lugar, con una sonrisa amarga en los labios. Hubo un tiempo en el que solía llamar a su esposo y nueve de cada diez veces era su asistente, Jason Myers, quien respondía. Sin embargo, menos de veinte minutos después, Lucas, el mismo hombre que siempre estaba «en una reunión», entró por la puerta.
A través del cristal, Elena lo vio caminar con paso firme, con ese traje negro a la medida que acentuaba sus hombros anchos y su silueta esbelta. Benjamin, su hijo de seis años, y Charlotte, de cuatro, vieron a Sabrina primero. Corrieron hacia ella, la abrazaron con fuerza y le besaron las mejillas.
—¡Señorita Miller! —exclamó Charlotte con dulzura, apoyando el rostro en el pecho de la mujer.
Lucas puso una caja de pastel sobre la mesa y la deslizó hacia Sabrina.
—Es de chocolate. Le pedí al chef que le pusiera menos azúcar.
A Sabrina le brillaron los ojos.
—Todavía te acuerdas.
Elena observaba desde un rincón, clavándose las uñas en las palmas de las manos. Tras seis años de matrimonio, Lucas ni siquiera sabía qué sabor le gustaba a ella. En su vida anterior, cuando estuvo hospitalizada y tenía antojo de pastel de fresa, él le ordenó a Jason que comprara cualquiera. Lo que le llevaron fue uno de mango, precisamente la única fruta a la que era alérgica.
—¿Qué quieres cenar esta noche? —preguntó Lucas con su voz grave—. ¿Comida faldoriana o corviana?
Sabrina sonrió y sacó los papeles de divorcio de su bolso.
—Antes de eso, hay algo que me gustaría que vieras —respondió. Buscó la página de las firmas—. He estado viendo una mansión, pero no tengo suficiente dinero. ¿Te importaría…?
Lucas tomó el bolígrafo y firmó sin leer el contenido.
—No tienes que ser tan formal conmigo.
—Señorita Miller, ¿va a comprar una casa nueva? —preguntó Benjamin alzando la cabeza—. Papá, deberías comprar la de al lado. Charlotte y yo queremos mudarnos contigo. No queremos estar con mamá todos los días.
Lucas frunció el ceño un instante, pero al ver la ilusión en los ojos de sus hijos, cedió.
—Está bien. Haremos eso.
—No hace falta que te molestes tanto —intervino Sabrina rápidamente—. Tendré tres habitaciones listas para Benjamin, Charlotte y… tú. Puedes quedarte a dormir cuando quieras.
Los niños aplaudieron, festejando la noticia. Charlotte abrazó a Sabrina por el cuello y la besó en la mejilla.
—¡Señorita Miller, es la mejor! ¡Es mil veces mejor que mamá!
A Elena se le rompió el corazón. El dolor fue tan fuerte que casi la dejó sin aliento. Notó la leve curva de los labios de Lucas. En aquella sonrisa había una ternura que él jamás le había demostrado a ella. No pudo seguir mirando, agarró su bolso, dio media vuelta y salió del lugar. Apenas pisó la calle, los recuerdos de su vida anterior la asaltaron: en aquella vida, su matrimonio con Lucas había sido por conveniencia. Ella le había dado dos hijos y había vivido hasta los sesenta y dos años, pero jamás había sido feliz. Todo porque él siempre estuvo enamorado de Sabrina.
Ella era su primer amor. Tras separarse años atrás, Sabrina se fue al extranjero. Lucas se emborrachó durante algunos días, pero, por orgullo, no fue tras ella y prefirió aceptar el matrimonio arreglado.
Cuando era joven, Elena estaba profundamente enamorada de Lucas. Para ella, él era distante e inalcanzable. Entre las chicas de la alta sociedad de Jeston, ¿quién no había soñado con casarse con el presidente del Grupo Fischer? Por eso, cuando supo que sus familias habían acordado el matrimonio, se llenó de alegría. No obstante, después de la boda, por mucho que se entregara, lo único que obtuvo fue rechazo e indiferencia. Hasta que regresó Sabrina.
Lucas nunca habló de divorcio, pero rara vez apartaba la mirada de la mujer. Peor aún, sus hijos se acercaron más a Sabrina y se alejaron de Elena. En sus últimos años, le diagnosticaron alzhéimer y él, con la excusa de que ella necesitaba descansar, la dejó abandonada en la mansión Fischer.
El día de su cumpleaños, llamó temblando a Lucas, a Benjamin y a Charlotte, solo para enterarse de que estaban de vacaciones con Sabrina en Mardor. Destrozada, quiso prepararse un plato de pasta, pero en su confusión olvidó apagar la estufa. Mientras las llamas la consumían, lo último que recordó fue la mirada gélida de Lucas al ponerle el anillo de bodas en el dedo. Cerró los ojos con dolor, deseando tener una segunda oportunidad para no volver a arruinar todo su futuro por él.
***
Cuando Elena regresó a la mansión, ya había anochecido. En lugar de descansar, se puso a empacar sus pertenencias. Metió en cajas la ropa de Lucas, los juguetes de los niños y las fotos familiares.
—¿Qué estás haciendo?
La voz de Lucas resonó a sus espaldas. Se giró y lo vio parado bajo el marco de la puerta, sujetando a los niños de la mano y con el ceño fruncido.
—¡¿Por qué estás tirando nuestras cosas?! —chilló Charlotte.
La niña corrió hacia ella y se puso roja de rabia al ver a su osito de peluche dentro de una caja. Benjamin, en cambio, la miró con enojo.
—Solo estuvimos un rato con la señorita Miller. ¿En serio te vas a enojar por eso?
Los ojos de Lucas seguían tan fríos como siempre.
—A los niños les gusta estar con Sabrina. ¿De verdad vas a hacer un berrinche por una tontería?
—No estoy enojada —contestó Elena con calma.
—¡Mentira! —gritó Charlotte—. Le tienes celos a la señorita Miller, por eso tiraste mi osito. ¡Eres una mala mamá!
—Cuando sea grande me iré a vivir con la señorita Miller —dijo Benjamin con determinación mientras agarraba a su hermana de la mano—. ¡Jamás vendré a verte!
Lucas no les llamó la atención. Frunció el ceño ligeramente, mirando con sus ojos oscuros a Elena como si fuera una extraña que estaba haciendo un espectáculo.
—Ya fue suficiente —intervino con voz grave. Se acomodó las mancuernillas con absoluta tranquilidad—. Tengo una videoconferencia con la junta directiva. Tira lo que quieras, pero hazlo en silencio.
Cuando la puerta se cerró tras él, Elena finalmente pudo llorar. Sintió como si el corazón se le desgarrara en mil pedazos; cada bocanada de aire le sabía a cobre. Después de un momento, se limpió el rostro, miró el desorden a su alrededor y, de repente, soltó una carcajada.
Su advertencia estaba de más; no volvería a molestarlo.