El silencio que siguió al último comentario de Keith, sobre la fuerza y la simplicidad del vestido, fue denso y cargado. Había pasado de la burla a la indiferencia, y ahora, al escuchar a Grace volver a la trivialidad de la cola y el brillo, pareció llegar a su límite de tolerancia. Sus labios se curvaron en una mueca de desprecio frío, una expresión que no iba dirigida a nadie en particular, sino a la farsa entera. Estaba cansado del teatro, y su retirada era la demostración final de su poder.