El aire de la Sala de Billar era denso y estancado, cargado con el aroma a cuero viejo y la pesada cera de abeja utilizada para pulir los muebles. Aunque había algunos volúmenes y bustos en las esquinas, no era una biblioteca, sino un espacio dedicado al ocio varonil. Un lugar donde el pasado se sentía opresivamente presente en los pesados trofeos de caza y los retratos de caballeros en armadura ligera. La tenue luz de la tarde apenas se filtraba por los altos ventanales góticos, cuyos cristale