Keith se levantó del colchón con una calma inquebrantable, una quietud que a Elara le pareció más amenazadora que cualquier grito o movimiento brusco. Su figura, alta y tensa, se movía con lentitud mientras cruzaba la alfombra. Elara, sentía el frío del aire en su piel, pero temblaba internamente, sin atreverse a moverse o hacer contacto visual. Keith se detuvo solo para tomar el revoltijo de ropa que yacía abandonado en el suelo.
Con un gesto brusco y lleno de desprecio, Keith le arrojó la ropa