El gran vestíbulo de mármol quedó en un silencio resonante, roto solo por el goteo de la lluvia afuera y la respiración agitada de Elara. Estaba sola con Duncan, pero se sentía más expuesta que nunca. La sonrisa íntima y victoriosa de Keith aún ardía en su memoria, un fantasma que se aferraba a su piel a pesar de la distancia. Elara luchaba por controlar el temblor que le nacía desde el centro del estómago y se extendía hasta las puntas de sus dedos entumecidos.
Duncan no notó el temblor en las