El caballo se detuvo con un resoplido ronco bajo el portón principal de la residencia Fraser. El largo y forzado galope desde el páramo había terminado, pero no el tormento. La lluvia caía con renovada furia, creando una cortina grisácea, pero tan pronto como se detuvieron, una fila de sirvientes apareció en el umbral, llevando paraguas de lona oscura. Era como si la realeza hubiera llegado.
Elara sintió que el aire regresaba a sus pulmones, era un aire limpio, de piedra mojada, musgo y leña que