Gusto negó con la cabeza y, con la rapidez de quien no acepta una derrota, rastrilló con la mirada hasta saber dónde estaban; los territorios de Anfu. No dudó.
—Iré por ella — Anunció el duende, la determinación tensándole la mandíbula.
En ese instante apareció Anfu, como si el bosque mismo lo hubiera enviado; una figura alta, hojas pegadas al pelo, el sonido del viento aún pegado a su ropa.
—Amigo, la regaste, ¿Cierto? — Observó Anfu con un medio guiño que no alcanzó a aliviar la tensión.
Gusto le echó la culpa a Siria, exaltado —Ella asustó a mi asistente; la abrazó del susto y eso fue todo —Su pecho subía y bajaba con rapidez.
Anfu soltó una risa corta y, con la ligereza de quien sabe templar ánimos, explicó —Siria dijo que hablaría con Mariana; que le diera unas horas y que necesita comprobar una información que recogió aquí —
La respuesta alcanzó a rozar a Gusto como un bálsamo, pero la frustración no cedió.
Miró a Anfu con tonos apenas contenidos —Cuida de mi esposa, o yo mismo