Gusto negó con la cabeza y, con la rapidez de quien no acepta una derrota, rastrilló con la mirada hasta saber dónde estaban; los territorios de Anfu. No dudó.
—Iré por ella — Anunció el duende, la determinación tensándole la mandíbula.
En ese instante apareció Anfu, como si el bosque mismo lo hubiera enviado; una figura alta, hojas pegadas al pelo, el sonido del viento aún pegado a su ropa.
—Amigo, la regaste, ¿Cierto? — Observó Anfu con un medio guiño que no alcanzó a aliviar la tensión.
Gust