Posteriormente Xurun se acomodó encima de ella y el placer fue aún más complaciente, la luna los iluminó y los hizo resplandecer como si en sus cuerpos hubieran finos cristales cargados de luz.
El amanecer se filtraba con suavidad entre las hojas del claro, bañando la habitación con reflejos dorados. Seina se sentía distinta, más liviana, más viva. Aún recordaba la calidez de los brazos de Xurun y la ternura con la que la había mirado antes de que ambos se quedaran dormidos. Desde que perdió la