—¿A poco no puedes venir a la corporación? Me urge que me des tu opinión, mi amor —soltó Jayden, aventándose un tono de voz todo remilgoso y remilgón, idéntico al de un escuincle chiquito chiflado.
—Perdóname, Jay. Pero la verdad es que ahorita no puedo —lo mandó a la chingada Elena justo después de un pesado segundo de silencio, como si de verdad la tipa se hubiera puesto a sopesar la propuesta del hombre.
—¿Y eso por qué carajos no puedes? —indagó Jayden, torciendo la jeta en un rictus de des