Hans caminó con parsimonia de regreso a su coche. Cuidaba cada uno de sus movimientos, gesticulando con total naturalidad para que nadie desde el interior pudiera sospechar lo que acababa de suceder.
Dio unos golpecitos suaves en la ventanilla. —¿Ya has terminado? —preguntó, asegurándose de que Aria hubiera concluido lo suyo con el pequeño.
—Sí —respondió Aria—. Ya puedes entrar.
Al oírla, Hans se metió de inmediato en el vehículo. Sus ojos buscaron directamente al bebé, que ya dormía plácidame