ALEXANDER HAMPTON
El sol no nació. Explotó.
Esa fue la única explicación lógica que mi cerebro, actualmente nadando en una piscina de formol y arrepentimiento, pudo formular. La luz que se filtraba por las cortinas de mi cuarto parecía tener la intensidad de mil supernovas, y había un equipo de construcción operando una perforadora directamente detrás de mis ojos.
Intenté moverme y solté un gemido que sonó patético incluso para mis propios oídos. Mi boca tenía el sabor de algo que murió en e