DAMIAN WINTER
Entré en la habitación y cerré la puerta detrás de mí, sin prisa. Sophie aún sostenía el celular contra la cama. Sus ojos estaban muy abiertos, pero en cuestión de segundos adoptaron una expresión forzada de normalidad.
—Era solo Stephan —dijo de repente, levantando la barbilla e intentando sonar convincente.
Arqueé una ceja. Stephan era su primo inútil, ese tipo que yo siempre había considerado un parásito. Solo mencionarlo me daba náuseas.
—¿Stephan? —repetí despacio—. ¿Y qué de