STELLA HARPER
La casa quedó extrañamente silenciosa después de que el eco de las risas de los niños, eufóricos con los dulces, se disipara. Alexander los llevó a la sala, ayudándolos a acomodarse mientras Leah me acompañaba hasta la cocina. Sabía que esa ceja arqueada de ella, nada más llegar, no era en vano. Leah nunca dejaba pasar nada.
Estaba revolviendo una jarra de jugo solo para ocupar las manos, pero Leah se apoyó en la encimera y cruzó los brazos, observándome con esa paciencia desconfi