STELLA HARPER
Arreglarme sola era un ejercicio de paciencia que aún no dominaba. El brazo enyesado me palpitaba cada vez que intentaba hacer algo simple, como cerrar un cierre o peinarme. Aun así, me negué a pedir ayuda. Además de que los únicos que estaban alrededor de la casa eran los guardias.
—Mamá, no tienes que apurarte —dijo Apollo, apoyado en la puerta de la habitación. Me observaba con esos ojitos demasiado atentos para alguien de cinco años—. Dani debe estar durmiendo, ¿te acuerdas?
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