La respiración de Damian era agitada, desgarrando el silencio del sombrío pasillo del ala oeste del hospital. El roce áspero de sus zapatos contra el suelo de porcelana resonaba con fuerza, marcando un ritmo de desesperación que hacía hervir la adrenalina en sus venas.
Maldita sea.
La figura vestida de negro a la que perseguía desde el jardín se movía con demasiada destreza, como si conociera de memoria cada punto ciego y cada ruta de escape de aquel hospital. Damian maldijo para sus adentro