La voz temblorosa de Livia aún dejaba un eco suspendido en el frío aire nocturno. Damian, que durante varios minutos había permanecido inmóvil como una estatua, poco a poco sintió cómo la sangre volvía a correr por sus venas, no por el calor, sino por un dolor insoportable y una urgencia desesperada por desenredar aquel nudo de malentendidos. Con pasos pesados avanzó, acortando la distancia entre ambos antes de que Livia pudiera alejarse más hacia la salida del jardín del hospital.
—Livia, es