Las lágrimas volvieron a deslizarse por sus mejillas, descendiendo lentamente por el contorno de un rostro que ahora lucía mucho más delgado que siete años atrás. Gota tras gota brillaba bajo la tenue y amarillenta luz de las lámparas del jardín del hospital, como si fueran los testigos más fieles del derrumbe de la muralla que Livia había levantado durante casi una década. Frente al hombre que una vez fue el centro de su mundo, el hombre a quien había confiado su vida entera, todo el dolor qu