Un brusco, aunque elegante, manotazo cayó sobre la muñeca de Damian. Livia retrocedió unos pasos, apartando su esbelta cintura del firme agarre de aquel hombre. Sus movimientos fueron rápidos, como si la piel de Damian fuera el veneno que más deseaba evitar.
"Guarde la compostura, señor", dijo Livia.
Su voz sonó clara y serena, pero tan fría como el hielo que corta el aire nocturno. No había ni el más mínimo rastro de nerviosismo en ella.
Antes de que Damian pudiera pronunciar palabra, aún atra