Capítulo 36.

Lo primero que vio Verónica fue mi rostro cubierto de lágrimas. Sus brazos me sujetaron con fuerza en un abrazo.

Al fondo, escuché a la madre de Verónica hablar por teléfono:

—Tranquila, Anastasia, ella acaba de llegar y está bien —dijo antes de colgar.

Sentí vergüenza de que la señora Mercedes me viera en un estado tan deplorable. Sin decir nada, se dirigió a la cocina y, minutos después, regresó con una taza de té de manzanilla.

—Toma, cielo —dijo, extendiéndome la taza—. Y no te disculpes po
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