Los aplausos desbordantes retumbaban por todos los recovecos del lugar, y mi corazón latía frenético dentro de mi pecho. El cantar ante un público me había permitido eliminar toda la inseguridad y la tristeza de la decepción. Fijé mi vista en la mesa donde estaban mis amigos y mi sangre.
En medio de la adrenalina, mis ojos se encontraron con los de Gabriel, que me observaba con la intensidad de un ave de presa. Sus facciones hablaban por sí solas, acortando distancias sin necesidad de palabras.