Mundo ficciónIniciar sesiónEl jardín era un laberinto de bojes helados y estatuas de piedra que parecían centinelas petrificados bajo la luz de la luna. Caminé junto a las fuentes congeladas, las manos todavía oliendo al vinagre derramado y el aceite de romero de la cocina. Cada paso se sentía laborioso, como si el propio aire de la Cresta Norte se hubiera convertido en plomo, suficientemente espeso para asentarse en los pulmones. Llegué al banco







